«Siempre fui rubia pero no de raíz». Con frecuencia este chiste tonto me ayudó a salir del paso ante una pregunta indiscreta motivada por un teñido no conservado que se hacía visible en una franja de cabello oscuro en lo alto de mi cabellera clara, larga y lacia. Mi rubio varía de brillo y de profundidad pero, desde hace unos años, tiene una clave técnica que suena a código de espía: L'Oréal Excellence 02, Rubio Ultra Claro Dorado. De chica ya mi madre me teñía con agua oxigenada para remedar la cabellera que ella misma había tenido en su infancia. En su imaginación el rubio debía ser entonces algo más que un artificio cosmético: un signo diametralmente opuesto al que las leyes de la herencia distribuía entre las masas peronistas del interior del país. El rubio de Evita Perón significaba otra cosa: si ella era la representante de los humildes, su abanderada, se podía ser rubio a través de ella, por delegación. Cuando enfermó de cáncer, algunas fotografías mostraban su rostro de pájaro hundido entre almohadas. Las raíces oscuras parecían volverse metáfora de su pasado de bastarda, de provinciana pobre y de amante ilegítima. Pero también la volvían sublime, puesto que medían el tiempo de su larga agonía y eran una última confesión al pueblo: «¿Ven? Soy como ustedes, una morocha».
Lo rubio, como categoría, fue en mi vida familiar un argumento según quien lo recibiera de comedia o de drama: al cumplir los veinte años, mi padre confesó que tenía otra hija, fruto de una breve relación que había vivido durante un viaje al interior del país. Paradójicamente, el único parecido que había entre nosotras era que ninguna de las dos se parecía a mi padre pero nos gustó la idea de hermandad. Entonces nos cortamos las melenas a lo paje y comenzamos a teñirnos con el mismo número de L'Oréal Excellence. Mostrábamos nuestro parentesco riéndonos de lo natural, al igual que Popeye reconoce a su padre luego de haberlo perdido, por la pipa y el tatuaje. Y me sigo riendo de lo natural: milito a favor del alcohol («Mueren antes los médicos que los borrachos», decía Bukowski), los barbitúricos (si no, no habría mito Marilyn) y la vida a oscuras en ambientes viciados (como las cuevas existencialistas). Me empecé a teñir de rubio cuando nadie parecía considerarme tonta, aunque mi hijo en ciertas ocasiones, sobre todo las de algún éxito profesional, suele decirme con sorna: «¿Todavía no se dieron cuenta de que en el fondo sos una rubia tonta?».
Un marxismo de entrecasa indica que en el Tercer Mundo la mujer que se tiñe de rubio busca remedar a la sueca liberada que fornica al aire libre, a la yanqui en monoquini y a la inglesa de aborto libre. O a las estrellas de Hollywood en donde las rubias deben fingir que lo son ya que el rubio natural suele oscurecerse con los años. En la mente de un guardia de discoteca y de un ladrón de bolsos, «lo rubio» se asocia a lo burgués: el primero permitirá la entrada, el segundo hará un arrebato.
Es hora de decirlo: la rubia natural no existe. Una mujer que, pasada la pubertad, conserva el cabello color ceniza claro o trigo maduro, seguramente tiene también pestañas de conejo y piel de leche hervida; puede que tenga los cabellos rubios pero no es una rubia. La psicoanalista Michèle Montrelay dice que cuando un hombre deja de amarnos desplaza a otra la luz de su deseo, por eso en el imaginario la otra es siempre rubia. Aclararse el cabello, entonces, es adoptar el signo iconográfico de la amante, la irregular, la despareja. Es soñar con morir en una novela negra, ser amada por King Kong o hacerse guerrillera para ponerse una peluca rubia. Es usar un color al igual que los peces de coral usan sus colores de cartel: en son de guerra, en el caso de las rubias, contra ese viejo axioma freudiano de que naturaleza es destino.
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